Hay realidades que el común de las personas, como yo, vemos lejanas. Situaciones que tenemos el convencimiento de que no nos van a tocar, siquiera a susurrar, nuestra existencia, pues hacen parte de sueños pesados, son sencillamente noticias nacionales o historias de terceros muy retirados de nosotros.
A mí me sucedió una de esas realidades que no se me hubiera ocurrido ni en la peor pesadilla. Más bien creí que esas situaciones únicamente hacían parte de titulares de páginas amarillistas, distantes de mi vida en Barranquilla, ciudad que mi esposo Hugo Bautista y yo atesoramos para nuestros hijos como el mejor vividero del mundo y en donde no sentíamos que la vida corriera algún riesgo. Al contrario, disfrutábamos de las cosas simples y valiosas que únicamente se tienen en el Caribe.
Soy bogotana, vine a vivir a La Arenosa después de casarme con un hombre amoroso, responsable, de buen humor, visionario, absolutamente emprendedor y amante de su familia. Lo describo en imagen: una ceiba frondosa, gigante, de tronco ancho, fuerte y de hojas muy verdes. Teníamos como punta de lanza cimentar una familia y una empresa para cumplir las metas anheladas en pareja.
A Hugo, lo asesinaron el primero de junio del 2007. Saliendo del trabajo, delante de su madre, un tiro certero apagó tantas ganas de vivir; no es mi interés escribir acerca de la impunidad de este y de muchos crímenes que suceden como algo cotidiano, o de quienes mantienen la sinrazón de atentar contra la vida de alguien otorgándose este derecho Divino, o de la tolerancia silenciosa y absurda que valida la violencia y deja viudas, viudos y huérfanos en total incertidumbre.
Más bien, deseo compartir las circunstancias envolventes que dan un duelo o el mal pase que aflora cuando se entierra a una persona amada, la tristeza que hay que asumir, la impotencia y rabia que despiertan y el reto de superar y reconstruir.
Las situaciones fuertes que generan angustia en este estado son muchas, pero anunciar la noticia a mis hijos, fue a dar vueltas en círculo una y otra vez, mentalmente me agotaba decir tres frases que iban a marcar sus vidas. En mi cabeza retumbaba las palabras de una psicóloga: “diles el qué —por ahora— y el cómo se los vas a ir diciendo más adelante, ten presente que en este momento tu eres sus verdad”.
Luego la sensación de vacío: no llega, no llama, no hace el sonido habitual y en este trance, darse cuenta que el mundo siguió como si nada: hay que ir a trabajar, pagar los recibos de la casa, hacer mercado, hacerse cargo de los niños. Es como tener muchas pelotas suspendidas en el aire y no dejar caer ninguna.
En mi casa el tiempo se había detenido y era innegable el dolor, poco a poco fui saliendo de las pertenencias de él y era como un acto liberador: lo dejo ir.
Por más que quisiera conservar algo como una camisa por su olor, o su loción, lo único que reafirmaban estos objetos era que él no estaba. Pero, también me decía a mí misma que mi esposo nunca me hubiera querido ver triste y esa verdad me dio fuerzas para empezar terapia junto con mis hijos y no dejar irme al hueco, pues tenía miedo a no ser suficiente.
Alcancé a tener un peso muy por debajo de lo normal y fue como abrir los ojos y garantizar: esto no me va a quedar grande, hay que arrancar de nuevo. Y la verdad, no quería tener más ese tormento, era demasiado pesado para llevarlo encima. Empecé a sacar todo: cama, fotos, ropa, libros, mesas, y empezaron a entrar otros objetos que le dieron otra cara al espacio que compartía con mis hijos.
También enfrenté los miedos que me tenían paralizada, para decidir, para actuar, para dar, y yo necesitaba caminar con soltura, como solía hacerlo. Por mí y por mis hijos abrí los oídos y empecé a escuchar esa verdad interior a la cual le debemos dar todo el crédito. Fue un proceso de honestidad con la Alexandra que necesitaba rehacer su vida.
Hoy doy gracias por cerrar un duelo en el Caribe: tengo el mar cerca, amigos y familia me inspiran para seguir, está la conciencia de vivir feliz pese a los avatares de la vida, y suena la música que hace irresistible pararse, llevar el ritmo y lanzarme a vivir: asumirme como una mujer completa.
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